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Ediciones B

México, 2011

251 páginas.

“…las mujeres no pueden decidir sobre su cuerpo ni su futuro. Ni siquiera sobre sus sueños. No les está permitido, por eso actúan desde las sombras”.

 

Cállate niña es una crónica de amor a partir del rompimiento: drogas y sexo. Rodolfo Naró nos cuenta de manera delirante cómo el amor destruye, y el odio une a los que se aman.

 

La muerte repentina del padre de la protagonista, al que nunca conoció, la obliga a contar su historia, desde su infancia al lado de su madre drogadicta y cristiana, el apasionante mundo del ballet, y sus amantes, a quienes –como la Carmen de Bizet– utiliza y desdeña como una triste forma de sobrevivir, hasta su encuentro con Antonio, hijo de un militar torturador de la Guerra Sucia en México.

 

La novela tiene como telón de fondo La Habana en pleno Periodo Especial, la ciudad de Nápoles asediada por la Camorra y, sobre todo, la Ciudad de México retratada por personajes que viven en el abismo.

 

Un relato en el que están escondidas la culpa y la venganza, el miedo a vivir y el deseo llevado hasta los límites de la realidad y la pasión.

 

 

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1

 

Qué buen día para morirse. Mi madre siempre me dijo que mi papá era el mejor escritor de México. Aunque yo no lo conocí nunca he dejado de idealizarlo, de imaginar que lo abrazo, que me ama. Desde niña una se cree el cuento del príncipe azul, reflejo del padre que todo lo sabe y todo lo puede. Jamás he tenido un hombre así a mi lado.

 

¿Por qué tenía que morir hoy? Sólo una vez lo busqué, por la ilusión de decirle papá, de que me llamara hija. Tenía veinte años y era la mejor bailarina de México. Estuve una hora en la cafetería de Bellas Artes y no llegó. La semana anterior había dejado la clínica de tabaquismo, casi había cumplido su programa de catorce semanas y en esa maldita hora volví a fumar, me volvió el sudor a las manos, el miedo a dejar de ser. Nunca he sabido esperar. Cuando estuve embarazada de Raúl, odiaba que me preguntaran si estaba esperando. Quería decirle a mi padre que llevaba en el vientre a su nieto. Moría de ganas de verlo de cerca y comprobar si tenía en el cuello un lunar igual que el mío. No llegó. No hubo pretexto. No hubo disculpas. Nada. Nunca le importé, nunca le he importado a nadie. Por qué me duele su muerte. Por qué estoy llorando como tonta al pie de la cama, mirando la televisión sin querer oír. Lo encontró su secretaria y a los primeros que llamó fue a los bomberos. Qué me costaba haber ido a buscarlo, Paseo de la Reforma 368. Todo el mundo sabe dónde vive Belisario Rojas. Malditos reporteros, se han de meter hasta la cocina. ¿Por qué tenía que morir hoy?

 

No quiero contestar el teléfono. No voy a contestar. Seguro que es mi madre. Debe de estar viendo las noticias, histérica, también al borde del suicidio. Será una de sus llamadas largas y cansadas, donde volverá a repetir lo mismo. Lo quise como a ninguno. Fue el hombre de mi vida. Ése del periódico es tu papá. Lo están entrevistando de nuevo. Ganó un premio. Mira, ya salió su nuevo libro, seguro éste sí me lo dedicó. Eres la única hija de Belisario Rojas. Siempre decía que no sabía en qué momento se había enamorado de él. Que era muy apuesto. Seguro de sí mismo. Que la coincidencia los había reunido. Se conocieron cuando ella trabajaba en Excélsior y él obtuvo la Beca Guggenheim. Esa mañana la chica encargada de cultura llamó diciendo que no llegaría y mi madre se guardó la orden para ir a entrevistarlo. Se citaron a las cinco de la tarde en el Sanborns de Reforma. Ella llevaba sus libros de poesía para que se los firmara. Se compró un mini vestido con grandes flores anaranjadas y unos zapatos de plataforma que no se ha vuelto a poner. Los atesora en su clóset. Son los zapatos que me llevaron a tu padre, me decía. Toda mi vida me ha repetido la misma historia. Cuánto padeció su rechazo. Cómo anduvo persiguiéndolo, preguntándole por qué la había dejado, por qué no le contestaba las llamadas. La muy rogona, cómo no la iba a dejar. Lo esperaba en la esquina de su casa. Lo perseguía en los cafés de la Zona Rosa. Lo buscaba con cualquier pretexto. Cómo no la iba a dejar si nunca ha podido mantener un hombre a su lado. Ser mujer para complacerlos. Cómo no la iba a dejar si las mujeres embarazadas ya no servimos para nada. El muy cabrón se largó un año a París. Maldito París. Malditas becas. Nunca llegan cuando las necesitas. La mía del Fonca me la suspendieron al quedar embarazada de Raúl. Prometieron guardármela para el siguiente semestre y con el cambio de director, con la muerte de Raúl se hicieron pendejos. Fui una pendeja al creer que me la guardarían. Igual de pendeja que mi madre por pensar que después de un año Belisario Rojas me reconocería como su hija.

 

Ahora no, mamá. No quiero hablar contigo. No quiero hablar con nadie. Ni recordar cómo anduviste rodando conmigo. Que acabaste trabajando en el mismo Sanborns donde conociste a papá. Que esperabas verlo entrar a las cinco de la tarde, con un periódico bajo el brazo. En el Sanborns conocías a tus amigos. Me dejabas encargada con alguien de la dulcería, en la perfumería o con el vigilante. Nadie quería cuidarme. Ves, desde niña nadie ha querido cuidarme. ¿Y si fuera Antonio? ¡Maldita sea! Necesito espacio. Tampoco quiero hablar contigo, Antonio. ¡Ya no! Te dije las cosas muy claras y decidiste dejarme, terminar al fin. Necesito limpiar este desastre. Hace una semana que no me baño, que no lavo los trastos. Hay cucarachas en la cocina. Me repugna verlas correr entre los platos. Son asquerosas. No tengo una taza limpia ni calzones que ponerme. No tengo nada en el refrigerador, apenas me queda café y cigarros para mantenerme despierta, para esperarte. Antes prefería fumar que comer, al menos así me mantenía delgada. Ahora todo ha cambiado. Las sábanas aún te buscan, Antonio. Están manchadas de ti. Huelen a tu cuerpo. A tus ganas. No quiero que nada te pase. Dicen que todo se paga, que las cosas regresan. Pero yo no quiero que nada te pase. No busco venganza, sino detener esta mala energía. Me haces falta. Eres como mi grito en mitad de la pesadilla. Despiértame, dime que nada ha sido verdad. Levántame. Abrázame como un refugio de silencios adonde llego para escucharte. Nómbrame. Quiero estar segura de que me reconoces. Quiero escuchar de nuevo mi nombre como lo decías entre dientes. Dime que todo ha sido un mal sueño. No me vuelvas a dejar al final de la noche.

 

¿Realmente me querías o era sólo el deseo? De qué me han servido estas piernas que ahora apenas me sostienen. Maldito cumpleaños en el que te conocí. Maldita la hora. Según tú, te enamoraste de mis piernas. No entiendo por qué, si nunca me viste bailar. Maldita aquella falda corta, malditos los mini vestidos, si pudiera los quemaría todos. ¿Dónde está mi falda negra? ¿Dónde están mis flores de Bach? A un lado, Pascuala. Pobre gata, tú eres la única que sigue conmigo. Mira, Pascuala, sigo siendo la mejor bailarina. ¿Quién ha bailado Carmen como yo?, le pregunté a Raúl. Nadie, nadie ha tenido tu fuerza en el escenario, me dijo. La noche del estreno estuvo pendiente de mis cambios. Sentí que me dirigía entre el público. Buscaba mis pasos, saltaba, giraba conmigo en cada pirouette. Él sí creyó en mí. Moldeó mi cuerpo con cada posición sin importarle mi dolor y mi llanto. Estiró mis músculos y huesos hasta el límite. Supo que podía lograrlo al ver el arco de mi pie. Tienes el arco de la Pávlova, me aseguró. Raúl no sólo se enamoró de mis piernas. No fue tan vulgar como tú, Antonio. Él sí me creyó cuando le dije que yo era hija de Belisario Rojas. Que no era una historia más de las que contaba mi madre cuando se emborrachaba. Raúl me daba recortes de periódicos donde entrevistaban a mi padre, me conseguía primeras ediciones de sus libros. Yo lo conozco muy bien, me decía, si quieres lo invito al estreno. Pero esa noche era mía. Mi padre, como tú, nunca me vio bailar.

 

 

2

 

“Se espera que lleguen los restos de Belisario Rojas al Palacio de Bellas Artes alrededor de las cinco de la tarde...” Mira, Pascuala, ése es mi papá, el que llevan adentro de la caja. Parece mentira. Una historia fantástica que cuenta el noticiero. Hay mentiras que se van heredando, como la de mi abuela a mi madre. La historia de abolengo, de la hacienda perdida en tiempos de Cárdenas. El cuento del gran amor de mi padre por ella.

 

Nunca te liberas de ser católico, de cargar con la culpa. Desde que naces ya vienes con tu pedazo de culpa, el pecado original que hay que reafirmar con el bautizo. Odio ir a bodas, primeras comuniones, cualquiera de esas teatralidades. No recuerdo a qué edad dejé de soñar con casarme vestida de blanco y ver caer arroz al salir de la iglesia. Quizá fue por el tiempo en que descubrí que nada dura toda la vida. A mis veintitrés aún confiaba en el amor. Guardaba la ilusión del amor ideal, el que te asalta a los catorce o quince años y que sobrevive apenas unos diez más. El amor que invade, que parece más importante que la propia vida. El amor que sacrifica y entrega. Que perdona sin preguntar. Que te cuentan maravilloso y terminas descubriendo que vive en la fantasía.

 

Tenía tanto miedo a los finales. Sabía que el nuestro, Antonio, tarde o temprano llegaría, ese sufrimiento es tan grande y hondo que no se compara con los picos de felicidad que pasamos juntos, que se pierden en el recuerdo de la cotidianidad. No te das cuenta que los estás viviendo y al final terminas idealizándolos. Por eso no me entregaba, por miedo al inevitable fin. Pero ¿cómo dejarte pasar?, ¿cómo detener lo hermoso que vivía a tu lado? Tan parecido a la fantasía del primer amor. No pude aplicar el principio del jardinero: cortar lo que crece. No pude, no supe cómo y me dejé llevar. Ese 30 de enero que llegué a la fiesta de la mano de otro hombre. Entré como buscando. Estabas detrás de la barra. Mis ojos se encontraron con tus labios. Me desnudaste con la mirada. Sentí cómo me quitabas cada prenda. Paso a paso me acercaba a ti, descalzándome. Con tus ojos clavándose en mis piernas. Te sentí en mi vientre con la fuerza de la sangre que engendra. Tu mano en mi cintura fue como una descarga de escalofrío. Como si hubieras sabido que no traía ropa interior, a pesar de mi falda tan corta. Quedé a un paso de tu voz. Entregada. Vulnerable. Ya no hubo nadie más, ni tu pareja ni la mía. Cruzamos pensamientos. Deseos que erguían mi pecho buscando manos para reposar. Brazos para cobijarme. Vi cómo observabas la fiesta, los movimientos de la gente. Vi cómo estuviste pendiente de mí. Levantando mi mirada de algún rincón. Yo quería acercarme a ti. Abrazarte. Fui al baño. Necesitaba controlar mi deseo, reconocer mi olor. Tenía que saber si te gustaría. Me llevé los dedos a la boca. Si estuvieras ahí conmigo, ¿qué sería lo primero que buscaría tu lengua? Te sentía en mi bajo vientre. A ojos cerrados tocaba lo que tus manos descubrirían.

 

            Te dije mi nombre tres veces. Te gustó cómo lo pronuncié. Repítelo, me pediste poco antes del amanecer. Yo sólo te veía los labios y tus ojos clavados en los míos. Te presumí que bailaba. ¿Desde cuándo?, preguntaste. Respondí que no quería fumar marihuana, la noche de año nuevo había fumado tanta, que prefería estar limpia. Pareciera que vienes sola, volví a escuchar. Te acercaste para decírmelo, también para oler mi cabello. Sí, vivo sola, contesté. Soy fotógrafo, dijiste. Yo te di mi número de teléfono al ver tus tenis rojos. Fueron la señal que tanto buscaba. Por eso me fui contigo esa misma noche, no quise esperar más. La única vez que había esperado fueron cuatro meses. Tenía veintiún años. Era la segunda vez que intentaba vivir sin pastillas ni terapia. Sin el acoso de mi madre o sus amigos. Esperaba al hijo de Raúl, director de la Compañía Nacional de Danza. El mejor coreógrafo del mundo. Una leyenda. De él se decían tantas cosas. Que había bajado al infierno y regresado con los pelos del diablo entre los dedos. Que era terrible caer en el doble filo de sus manos. Te hacía el traje a la medida o te cortaba en pedazos. Pero no era verdad. Raúl era tierno, generoso. También era alcohólico.

 

            Él me enseñó a respirar, a controlar los impulsos, a manejar la energía. Decía que la bailarina primero debe bailar para sí misma. Hacerse desde adentro. Rigurosa, exacta como un reloj. Bailar la música, no bailar con ella. Pensar que no hay nadie más. Él y yo. Una y otra vez. No había horas de sueño, ni reposo. No me permitía bajar de las puntas. Transpira, navega por la humedad de tu cuerpo, me retaba. Para Raúl todo estaba mal. Llegué a odiarlo. Odié ser su bailarina, despertar en su cama. Yo no tenía a nadie más en el mundo y él confiaba en mí. En los ensayos generales había mucha mala energía. Risas burlonas. Un día no pude más y me desplomé. Desperté en sus brazos. Dijo que volveríamos a empezar. Que no estaba para contemplaciones. En la madrugada nos fuimos a su casa. Descubrí su mundo lleno de libros, de vestuarios, de triunfos. Raúl trabajaba desde su escritorio, que era un amontonamiento de papeles, bocetos, ceniceros con colillas de Raleigh, lápices de colores y polvo. Fumaba a toda hora, tenía las uñas largas y amarillas, los dientes manchados, los labios amoratados y resecos. Su olor era tan característico: transpiraba nicotina, el tufo de licores añejos que se revolvería con el olor podrido del cáncer. ¿Tú eres el minotauro?, le pregunté al ver una vieja fotografía de su estreno de Carmen. Soy el que has forjado. Al hacerte en el escenario, mi yo deshecho se forma otra vez. No te has dado cuenta cómo me reconstruyo en tu mirada. Que me reflejo en tus piernas, en los pasos que ya no puedo dar. Soy el toro que busca la sangre. La noche que estrenamos Carmen, mientras celebrábamos, me susurró que nunca había visto a nadie bailar como yo. Ni sentido el temblor de las tablas cuando reventaban bajo mis puntas. Que casi había estado perfecta. Ése ha sido el día más importante de mi vida. A pesar de que mi madre no estuvo en el teatro y en el último momento un ataque de pánico me hizo perder el equilibrio, Raúl no dejó de apoyarme, de presionarme para que estuviera lista. Desde la puerta del camerino me miraba, me daba fuerza, mientras escuchaba los primeros acordes de la orquesta entre los aplausos del público. Nadie me va a vencer, le dije, ni tú ni nadie. Festejamos el estreno en su casa. Él me enseñó a beber vino tinto. Al amanecer nos quedamos solos. Su cuerpo revivió con mi tacto. Quería darle más de mí. Creo que lo veía como a mi verdadero padre. Quizá lo odiaba con la misma fuerza que a él. También él me regañaba como si fuera su hija.

 

La noche que murió festejábamos el Premio Nacional de las Artes que le habían otorgado. No pudo asistir, vimos la ceremonia por televisión, en su casa, sólo él y yo. Pegaba sus manos a mi vientre. Me pedía que fumara. El médico le había prohibido acostarse conmigo. Tenía tanta ilusión de su hijo. Si es niño, se llamará como yo, me aseguró. Al terminar la ceremonia bailamos un vals de Strauss. La música inundaba la oscuridad. No prendas la luz, me susurró. Bebimos tanto, lo deseaba tanto que hicimos el amor y murió entre mis piernas.

 

Sigue leyendo los “entretelones” de Cállate niña en los post titulados Diario medular de La columna chueca. www.rodolfonaro.blogspot.com

 

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